# Los Acuerdos de Abraham como arquitectura energética: un nuevo orden en Oriente Medio
Hay documentos diplomáticos que se leen de una manera en el momento de su firma y de otra muy distinta veinte años después. Los Acuerdos de Abraham, firmados en 2020 entre Israel, los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y, posteriormente, otros actores árabes, pertenecen a esta categoría. Oficialmente son tratados de normalización, presentados al mundo bajo la retórica habitual de la reconciliación regional. Pero quien observa su arquitectura desde la perspectiva de los flujos de energía, de las rutas de tránsito y de las estructuras financieras que los sostienen, encuentra una realidad distinta. Los Acuerdos de Abraham son, leídos con el instrumental que propone mi libro PIPELINES, menos un tratado de paz que una consolidación de corredor. Son la forma política de una estructura energética: la del corredor de la Península Arábiga, reforzado ahora por el flanco oriental del Mediterráneo, frente al corredor del Levante que, desde hace décadas, permanece bloqueado en estado de latencia.
## De tratado de paz a infraestructura de corredor
La tesis central que desarrollo en PIPELINES, y que sostengo también aquí como Dr. Raphael Nagel (LL.M.), es que la unidad decisiva de la geopolítica energética no es el oleoducto ni el gasoducto individuales, sino el corredor. Un corredor es la configuración estable de cuatro dimensiones: geografía física, alianzas político-institucionales, arquitectura financiera y cobertura securitaria. Cuando estas dimensiones se refuerzan mutuamente, surge una estructura que sobrevive a los ciclos electorales, a los gobiernos y a las crisis puntuales. Los Acuerdos de Abraham deben leerse, ante todo, como un acto de refuerzo institucional sobre un corredor preexistente.
El corredor de la Península Arábiga, articulado en torno a Ghawar, al Estrecho de Ormuz, al sistema del petrodólar y a la cobertura de seguridad estadounidense, constituye la espina dorsal del suministro energético mundial desde hace décadas. Lo que los Acuerdos añaden a este corredor es su prolongación hacia el Mediterráneo oriental mediante una alianza abierta con Israel. Ya no se trata únicamente de petróleo y gas saliendo por Ormuz hacia Asia y Europa. Se trata de una nueva línea institucional que enlaza a Abu Dabi, Riad, Jerusalén y Washington en una red capaz de disciplinar el comportamiento energético de toda la región.
La palabra que conviene emplear aquí no es alianza en el sentido clásico, sino arquitectura. Una arquitectura es un conjunto de relaciones que produce resultados estructurales aun sin voluntad explícita de hacerlo. Los Acuerdos de Abraham producen, por su mera existencia, un efecto de exclusión sobre el corredor del Levante y, en particular, sobre Irán.
## El corredor del Levante y su bloqueo permanente
Para comprender la función estructural de los Acuerdos conviene recordar qué es lo que ellos no permiten. El corredor del Levante, tal como lo describo en PIPELINES, sería la ruta geográficamente más racional para llevar gas iraní e iraquí, a través de Siria, hasta el Mediterráneo y desde allí a Europa. El yacimiento de South Pars, compartido entre Irán y Qatar, contiene reservas que equivalen a varias décadas de consumo europeo. El acuerdo de julio de 2011 entre Irán, Irak y Siria sobre la llamada pipeline islámica habría materializado esta ruta. La guerra civil siria, las sanciones secundarias estadounidenses y el rechazo de los actores del Golfo lo impidieron.
Los Acuerdos de Abraham se inscriben exactamente en esta lógica de bloqueo. No cierran el corredor del Levante con un acto explícito de prohibición. Lo cierran mediante la creación de una alternativa institucional tan densa que cualquier reactivación del corredor iraní queda condenada a la marginalidad financiera y política. Cuando los bancos israelíes, emiratíes y estadounidenses participan en una misma red de proyectos energéticos, la posibilidad de que el capital internacional financie infraestructura iraní en Siria se reduce a cero.
Este efecto es, precisamente, lo que el concepto de poder estructural de Susan Strange permite describir. El corredor del Levante no está prohibido. Está sencillamente desprovisto de la arquitectura financiera y de seguridad que lo haría viable. Los Acuerdos de Abraham son un componente decisivo de esa privación.
## EastMed, pipelines israelí-emiratíes y la lógica del flanco mediterráneo
El flanco mediterráneo de la nueva arquitectura se articula en torno a varios elementos concretos. El primero es la cuenca del Mediterráneo oriental, donde los yacimientos de Leviatán y Tamar, frente a las costas de Israel, abrieron desde la década anterior la posibilidad de un eje EastMed. La idea de un gasoducto submarino que uniera las aguas israelíes con Chipre, Grecia e Italia respondía menos a una rentabilidad inmediata que a una función estructural: ofrecer a Europa una ruta de diversificación que no pasara ni por Rusia ni por Irán.
El segundo elemento es la red de acuerdos y proyectos entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos tras 2020, incluido el plan, discutido públicamente, de transportar crudo emiratí a través del oleoducto Eilat-Ashkelon hacia el Mediterráneo, evitando el Estrecho de Ormuz y el Canal de Suez. Con independencia de los avatares concretos de este proyecto, su sola existencia muestra la direccionalidad del dispositivo: reforzar rutas alternativas a las que controlaría un Irán integrado en los mercados europeos.
El tercer elemento es la coordinación discreta con Arabia Saudí, que sin haber firmado formalmente los Acuerdos participa de su misma lógica. El triángulo informal Jerusalén-Riad-Washington funciona como el centro de gravedad político de toda la arquitectura. No necesita tratados solemnes para operar. Le basta la convergencia de intereses: contener a Irán, estabilizar el petrodólar y asegurar que Europa permanezca integrada en el corredor de la Península Arábiga como cliente, no como socio de una ruta alternativa.
## Europa como cliente estructural, no como arquitecto
Uno de los efectos menos discutidos de los Acuerdos es la posición que reservan a Europa. El continente europeo, que en principio sería el gran beneficiario de la diversificación proporcionada por el corredor del Levante, queda confirmado como cliente estructural del corredor de la Península Arábiga y de sus extensiones mediterráneas. Las lecciones del invierno 2022-2023, cuando los niveles de gas alcanzaron umbrales críticos y los gobiernos prepararon planes de emergencia para desconectar partes de la industria, no se tradujeron en una revisión profunda de la arquitectura.
La Unión Europea optó por sustituir gas ruso por gas licuado procedente del Golfo y de Estados Unidos, reforzando precisamente los nudos del corredor dominante. Los Acuerdos de Abraham ofrecen el marco político para esta sustitución. Al normalizar las relaciones entre Israel y varios actores árabes, crean un espacio en el que los contratos de largo plazo entre compañías europeas y productores del Golfo, así como los proyectos conjuntos con Israel en el Mediterráneo oriental, resultan políticamente viables y financieramente asegurables.
El resultado es una dependencia estructural distinta de la anterior, pero no menos profunda. Europa deja de depender de Moscú para depender de un triángulo cuyo centro político se encuentra en Washington, cuyo corazón energético late en Ghawar y cuyo flanco mediterráneo se apoya en Israel y en los Emiratos. Quien controla esta arquitectura no necesita imponer condiciones explícitas a Bruselas. Las condiciones están inscritas en la geografía misma de los flujos.
## Irán fuera del mercado europeo: un resultado, no un accidente
La consecuencia más importante de esta arquitectura es la exclusión duradera de Irán de los mercados energéticos europeos. Esta exclusión no es el producto accidental de un momento de tensión, sino el resultado buscado de una configuración de corredores. Mientras los Acuerdos de Abraham y sus extensiones permanezcan vigentes, ninguna gran compañía occidental podrá financiar infraestructura que convierta las reservas de South Pars en exportaciones europeas a través de Siria. El riesgo de sanciones secundarias, el precedente de casos como el de BNP Paribas y la red de intereses políticos que los Acuerdos formalizan lo impiden.
Es importante subrayar aquí que esta exclusión no equivale a la desaparición del gas iraní de los mercados mundiales. Irán seguirá encontrando vías, principalmente hacia Asia, y el régimen de sanciones seguirá erosionándose en sus márgenes, como sucede con todos los regímenes de este tipo. Pero el acceso directo, contractual y a gran escala al mercado europeo queda reservado al corredor de la Península Arábiga y a sus aliados mediterráneos.
Esta es, en términos estrictos, una decisión civilizatoria. Europa renuncia, sin debate público explícito, a una fuente potencial de diversificación a cambio de la integración en una arquitectura de seguridad que considera más fiable. Los Acuerdos de Abraham son el sello político de esa renuncia. No aparecen presentados así en ningún comunicado oficial, pero esa es su función estructural.
## La gramática de los corredores y el horizonte del siglo XXI
Leer los Acuerdos de Abraham como arquitectura energética no significa negar sus dimensiones diplomáticas, culturales o religiosas. Significa situarlas en su contexto estructural. La historia reciente muestra que los tratados que perduran son aquellos que se apoyan en flujos materiales estables. Los que dependen únicamente de la buena voluntad política o de la retórica compartida suelen erosionarse con rapidez. Los Acuerdos perduran porque descansan sobre infraestructuras físicas, contratos financieros y garantías de seguridad que tienen vida propia.
La cuestión que queda abierta, y que examino con mayor detalle en PIPELINES, es la de la durabilidad de este orden frente a las transformaciones en curso. La transición energética, la multipolaridad creciente, la erosión lenta del petrodólar y el ascenso de China como comprador estructural de energía iraní introducen tensiones en la arquitectura. Los Acuerdos de Abraham fueron diseñados para un mundo en el que el dólar estadounidense seguía siendo la única moneda operativa de los mercados energéticos. Ese mundo cambia con lentitud, pero cambia.
Por ello, como Dr. Raphael Nagel (LL.M.), considero que la lectura energética de los Acuerdos es menos un diagnóstico cerrado que un punto de partida. Permite comprender por qué determinados proyectos avanzan y otros quedan congelados, por qué ciertos Estados reciben capital internacional y otros no, por qué Europa sigue atada a un patrón de dependencia que creía haber superado. La gramática de los corredores, una vez aprendida, no deja espacio a la ingenuidad. Los Acuerdos dejan de parecer un gesto de concordia para revelarse como lo que son: una de las piezas más sofisticadas del orden energético contemporáneo.
El siglo XXI no será comprensible sin una lectura seria de sus corredores energéticos. Los Acuerdos de Abraham ocupan en esta lectura un lugar central, no porque hayan abierto una nueva ruta física, sino porque han consolidado la ruta existente y han cerrado, en términos prácticos, la alternativa. El corredor de la Península Arábiga, reforzado por su prolongación israelí y emiratí en el Mediterráneo oriental, se presenta hoy como la arquitectura dominante del suministro energético hacia Europa. El corredor del Levante, con sus reservas colosales y su racionalidad económica evidente, permanece en estado de latencia bloqueada. Entre ambos se juega, en silencio, una parte decisiva del destino político del continente europeo y de la región que va del Golfo al mar Rojo y de allí al Mediterráneo. Para quien quiera entender ese juego, conviene abandonar la retórica de la normalización y adoptar la mirada de la infraestructura. Como sostengo en PIPELINES, y como reafirmo aquí en calidad de Dr. Raphael Nagel (LL.M.), la energía no es una mercancía más entre otras. Es el fundamento físico de la civilización. Quien estructura sus flujos, estructura el mundo. Los Acuerdos de Abraham son, en este sentido, mucho más que un tratado. Son una forma política del hecho físico de que la energía decide.
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