Es conocido que las grandes estrellas mundiales ganan mucho dinero por jugar al fútbol. Un ejemplo: Cristiano Ronaldo, del Real Madrid, gana en 13 minutos el sueldo medio semanal en España. En cambio, existen clubs de fútbol que se encuentran prácticamente ante la insolvencia o, peor incluso, en concurso de acreedores como por ejemplo el Hércules de Alicante o el Elche CF.

¿Cómo puede ser que algunos clubes estén en quiebra si hay jugadores que ganan tanto?, me pregunto antes que nada. ¿Puede ser que algunos de estos clubes gasten demasiado en pagar a los futbolistas?

El fútbol se ha convertido en un negocio global en auge, totalmente independiente de la rentabilidad. Justo esto es lo que nos debe llamar la atención. Si no es la rentabilidad, cuál es el motivo por el que los inversores compran los clubs. Podría ser que las intenciones tras las que están las grandes adquisiciones de clubes no sean otras que pasar a ser una herramienta de lobby para influenciar en nuestra sociedad.

Observamos especialmente inversores chinos y árabes en los clubs de fútbol. Sin entrar en detalles, considero que muchas de las compras no son por interés en el deporte –espectáculo del fútbol, sino que tienen otros objetivos muy diferentes. Resulta difícil de creer que Suning (Inter de Milán) Sino Europe (AC Milano), Qatar (París Saint Germain) y el jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan (Manchester City) hayan comprado estos clubs solo por su afición al fútbol o bien como un negocio por su rentabilidad.

Creo que es imprescindible encontrar una solución a estas compras. Necesitamos crear de forma urgente un Financial Fairplay para tener ligas más equilibradas y competitivas. Esto que suena a utopía ya es realidad en las ligas americanas. Los clubs obtienen una rentabilidad y se aseguran, así, la supervivencia económica.

Si no cambiamos la situación financiera de los clubes españoles, donde el 75% de los ingresos van destinados a pagar los sueldos de los jugadores, corremos el riesgo de que nuestros clubes sean objetivos de OPAs más o menos hostiles de inversores que podrían utilizar nuestro hobby favorito como herramienta política.

 

Raphael Nagel